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mejor será acabar con esto lo antes posible. Usted no conoce la reputación del capitán
Vaagen. Lamento ser tan brusco, Vaagen, pero a usted le gusta construir imperios, y esta
vez ha llegado demasiado lejos.
 ¿Su ambición es contar con una ala propia para efectuar investigaciones, Vaagen?
 le preguntó Cordelia.
Él se alzó de hombros, más avergonzado que ofendido, por lo que ella comprendió
que, al menos en parte, las palabras del hombre de la Residencia debían de ser verdad.
Cordelia clavó la vista en Vaagen y trató de pensar en el mejor modo de avivar su ingenio.
 Tendrá todo un instituto si logra llevar esto a cabo. A él  agrego señalando el pasillo
con un movimiento de cabeza dígale que yo se lo prometí.
Los tres hombres se retiraron. Cordelia permaneció tendida en la cama y silbó una
pequeña melodía silenciosa, mientras sus manos continuaban el pequeño masaje
abdominal. La gravedad había dejado de existir.
9
Hacia el mediodía, Cordelia consiguió por fin conciliar el sueño y, al despertar, se sintió
desorientada. La luz de la tarde entraba por las ventanas de la habitación. La llovizna gris
había desaparecido. Cordelia se tocó el vientre con pesar, y cuando se giró en la cama
descubrió que el conde Piotr estaba sentado a su lado.
Él vestía sus ropas de campo: el viejo pantalón del uniforme, una camisa sencilla y la
chaqueta que sólo usaba en Vorkosigan Surleau, Debía de haber venido directamente al
hospital. Sus labios finos le sonrieron con ansiedad. Sus ojos se veían cansados y
preocupados.
 Querida niña. No tienes que despertarte por mí.
 Está bien.  Cordelia veía un poco turbio, y se sentía más vieja que el conde .
¿Hay algo para beber?
Él le sirvió agua fría de la mesa de noche, y la observó beber.
 ¿Más?
 Es suficiente. ¿Ya ha visto a Aral?
Piotr le palmeó la mano.
 Ya he hablado con él. Ahora está descansando. Lo siento mucho, Cordelia.
 Tal vez no sea tan terrible como temimos en un principio. Todavía nos queda una
posibilidad. Una esperanza. ¿Aral ya le habló de las réplicas uterinas?
 Me dijo algo. Pero seguramente el daño ya estará hecho. Un daño irreparable.
 Un daño, sí. Hasta qué punto es irreparable, nadie lo sabe. Ni siquiera el capitán
Vaagen.
 Sí, conocí al capitán Vaagen hace unos momentos.  Piotr frunció el ceño . Un
sujeto bastante ambicioso. El prototipo del Nuevo Hombre.
 Barrayar necesita hombres nuevos, y también mujeres. Su generación
tecnológicamente entrenada.
 Oh, sí. Luchamos mucho para educarlos. Son absolutamente necesarios, y algunos
de ellos lo saben.  Un dejo de ironía suavizó su boca . Pero esta operación que
propones, esta transferencia placentaria... no parece demasiado segura.
 En Colonia Beta, sería de rutina.  Cordelia se encogió de hombros. Aunque, por
supuesto, no estamos en Colonia Beta.
 Pero algo más directo, más conocido... estarías lista para volver a empezar mucho
antes. A la larga, es posible que pierdas menos tiempo.
 Tiempo... no es eso lo que me preocupa perder.
 Un concepto absurdo, ahora que lo pensaba. Perdía 26,7 horas con cada día
barrayarés . De todos modos, nunca volveré a pasar por eso. Yo aprendo rápido, señor.
Un destello de alarma cruzó por el rostro del conde.
 Cambiarás de idea cuando te recuperes. Lo que importa ahora... He hablado con el
capitán Vaagen. No parece albergar ninguna duda de que los daños han sido severos.
 Pues, sí. Lo que no sabe es si es capaz de contrarrestarlos.
 Querida niña.  Su sonrisa preocupada se tornó más tensa . Por eso mismo. Si el
feto fuese una niña, incluso un segundo hijo, podríamos permitir tus comprensibles,
incluso loables, sentimientos maternales. Pero si esta cosa vive, llegará a ser el conde
Vorkosigan algún día. Nosotros no podemos permitir que exista un conde Vorkosigan
deforme.  Se reclinó en su silla, como si acabara de decir algo muy convincente.
Cordelia frunció el ceño.  ¿Quiénes son «nosotros»?  La Casa Vorkosigan. Somos una
de las familias más antiguas de Barrayar. Tal vez nunca hayamos sido la más rica ni la
más poderosa, pero lo que nos ha faltado en dinero lo hemos tenido en honor. Nueve
generaciones de guerreros Vor. Sería un final horrible para nueve generaciones, ¿no lo
comprendes?
 En este momento, la familia Vorkosigan consiste en dos individuos: usted y Aral 
observó Cordelia, divertida y molesta a la vez . Y los condes Vorkosigan han tenido
finales horribles a lo largo de toda su historia. Han muerto por una bomba, un disparo, de
hambre, ahogados, quemados, decapitados, enfermos o dementes. Lo único que nunca
han hecho es morir en la cama. Pensé que estaba acostumbrado a los horrores. El le
dirigió una sonrisa afligida.
 Pero nunca hemos sido mutantes.
 Creo que debe volver a hablar con Vaagen. Si yo le entendí correctamente, el daño
fetal que describió fue teratógeno, no genético.
 Pero la gente creerá que es un mutante.
 ¿Qué diablos le importa lo que piense la masa ignorante?
 Los otros Vor, querida.
 La masa de los Vor es igualmente ignorante. Se lo aseguro.
El conde retorció las manos. Abrió la boca, volvió a cerrarla, frunció el ceño y
finalmente dijo con más dureza:
 Un conde Vorkosigan tampoco ha sido jamás un experimento de laboratorio.
 Entonces ya ve: servirá a Barrayar incluso antes de nacer. No es un mal comienzo
para una vida honorable.  Tal vez se lograra extraer algo bueno de todo aquello después
de todo: nuevos conocimientos. Si la ayuda no servía para ellos mismos, quizá lograse
aliviar el dolor de otros padres. Cuanto más lo pensaba, más acertada le parecía su
decisión, en muchos aspectos. Piotr echó atrás la cabeza.
 Por más dulces que parezcáis las betanesas, tenéis una pasmosa sangre fría.
 Una tendencia racional, señor. El racionalismo tiene sus méritos. Los barrayareses
deberían intentarlo alguna vez.  Cordelia se mordió la lengua . Pero muchas veces nos
excedemos, creo. Todavía nos aguardan grandes p...  peligros , dificultades. Una
transferencia placentaria a estas alturas del embarazo es difícil incluso para la tecnología
más desarrollada. Admito que hubiese preferido disponer del tiempo necesario para
importar a algún cirujano más experimentado. Pero no es el caso.
 Sí, sí, todavía puede morir, tienes razón. No hay necesidad de... pero estoy
preocupado por ti también, niña. ¿Vale la pena?
¿Que valía la pena para qué? ¿Cómo podía saberlo ella? Le ardían los pulmones. Lo
miró con una sonrisa fatigada y sacudió la cabeza, sintiendo la presión en las sienes y en
la nuca. [ Pobierz całość w formacie PDF ]
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